Por: Gorila Silente 

Habían pasado seis meses desde su detención. El diagnóstico: esquizofrenia paranoide. La solución: antidepresivos, electrochoques y aislamiento.

Skip había perdido la cuenta del tiempo. Ahora que pisaba el suelo de la calle, por primera vez en tanto tiempo, apenas recordaba los días en el hospital Bellevue. Respiró profundamente. Le parecía que todo era como un mal sueño, un desliz de su apesadumbrada memoria, en el que un collage de recuerdos se alternaba con enormes lagunas bañadas de un blanco absoluto, un blanco aséptico; decorado, a ratos, por batas, luces cenitales, frascos de medicinas y un enorme vacío. Un vacío que él conocía a la perfección y que lo había orillado a este punto de su vida. Un vacío que, de todas formas, era lo único que era le pertenecía. ¿Tendría su existencia algún fin? ¿Realmente era él quien, meses atrás, había destrozado —a hachazos— puertas y habitaciones del Albert Hotel? ¿Qué fuerza innombrable se hallaba dentro de sí, cuando quiso invadir los estudios de Columbia, medio desnudo y envuelto en un frenesí anfetamínico plagado de delirios apocalípticos y voces alucinadas? ¿Quién había sido Alexander Spence hasta entonces? Nada de ello parecía haberse resuelto.

Y, sin embargo, era como si todo lo que le había ocurrido convergiera en ese momento. En realidad, se sentía algo aliviado, como si el hacha y cada uno de sus golpes le hubiesen quitado un gran peso de encima. Tal vez era el destino. Ya no le preocupaba el pasado. Tampoco tenía idea alguna del presente. Había olvidado la propia expresión de su rostro. Esa sonrisa misteriosa, otrora tan seductora, lo suficiente como para hacer que una groupie le entregara sus sueños, en cuestión de minutos, ahora solo era un vago recurso para volver a presentarse al mundo. Un mundo que le había dado la espalda, pero que en esa mañana lo recibía despreocupado y lleno de conmiseración.

Pues él iba a tomar esa oportunidad, por última vez. Durante más de veinte semanas, entre la Torazina[1], el encierro y las largas horas de insomnio mirando al techo, mientras los enfermeros y doctores trataban de anticipar una pronta recuperación, la cabeza de Skippy había estado fraguando algo más que pensamientos ensoñadores o vías de escape. En todo ese tiempo y como un gurú o un místico, su inquieta alma jamás se había detenido. Había escrito canciones con cada ruido que advertía en la habitación, con el entrechocar del tenedor y el tazón de leche, con su propia respiración al intentar conciliar el sueño, con los pasos acompasados del personal médico, en las rondas nocturnas, o con las voces de los pájaros que, cada mañana, se apostaban en su ventana.

Y todo eso, (casi una treintena de temas, melodías sueltas y devaneos experimentales) estaba allí; latiendo entre sus sienes como un polluelo a punto de reventar las paredes del cascarón. Aún para él era difícil de creer lo que había sucedido; uno de los miembros principales, de una de las bandas más prometedoras de mediados de los sesenta, había tratado de matar al resto de sus compañeros con un hacha y la disquera había decidido contratarlo otra vez, como si nada. Sin embargo, ese no era el momento de hacer preguntas.

Las sesiones en altamar

Según cuenta la leyenda, Skip tomó la motocicleta, que compró con lo que había recibido como adelanto[2] y por segunda vez, luciendo solamente sus pijamas, y tras apenas unas horas de encontrarse en libertad, se dirigió con una seguridad apremiante hacia Nashville, al estudio que él había reservado y en el que el mismísimo Bob Dylan había grabado el Blonde on Blonde. Allí, su viejo conocido (y ex-víctima), el productor David Rubinson, ya lo tenía todo previsto. Casi como un resarcimiento, por todo el alboroto que se había producido desde la última vez, y llevado quizá, por una corazonada sazonada de afecto, contrató al ingeniero de sonido Mike Figlio, a quien le pidió que una vez que el hombre, conocido como Alexander “Skip”  Spence entrase en el estudio, él no tendría otra tarea que la de registrar lo que allí ocurriera, sin distraer su proceso creativo y sin aparecerse, nada más que para abrir las puertas y encender las máquinas.

Cada instrumento fue interpretado por Skip. De hecho, hasta el día en el que comenzaron las grabaciones jamás había tocado un bajo en su vida. La extrañeza no había dejado de perseguirlo. Después de haber experimentado tantas formas de infierno, tenía ante sí un paraíso para cualquier músico. Y estaba entero a su disposición. Solo ante un lienzo en el cual, como un dios abandonado, podía hacer y deshacer lo que se le antojara, durante siete días.

Y así nació Oar[3].

La fotografía de la portada de “Oar”. Tomada en el pabellón psiquiátrico del Bellevue Hospital de Nueva York, muestra a Albert Lee “Skip” Spence bajo el influjo de la torazina, con una mueca ensoñadora y alejada[4].

La bitácora de la locura

Es plausible pensar que lo que resultó de sus días en el siquiátrico, en donde se concibió prácticamente todo el disco, tuviese un tinte sombrío, proveniente de las alienantes experiencias entre las paredes de una institución mental, tal y como las describen filmes como Alguien voló sobre el nido del cucú o La Naranja Mecánica.

Y, sin embargo, el corte que abre el álbum, el ingenuo y brillante “Little hands”, cuya letra optimista, está salpicada por chispazos de esperanza, (Children are singing/ the truths that they’re bringing/ freedom is ringing all ‘round the world) demuestra parte del verdadero proceso que se gestó dentro de Skip.

Oar es un collage inclasificable y extraño, pero, sobre todo, humano pues describe de una forma, que hasta entonces nadie se había atrevido (Syd Barret sacaría su disco, casi un año después, en 1970), las cambiantes fases de alguien que perdía su propia cordura. Es la odisea de un alma errante sin un hogar al cual regresar. Es una historia, que repasa los diversos episodios de un espíritu quebradizo y a punto de estallar que encuentra, en cada canción, un aferramiento provisional que nunca está exento de asombro o socarronería, pero por encima de todo, de una lucidez pasmosa.

En él no solamente cabe cualquier influencia musical, sino que está concebido bajo una narrativa musical que usa recursos como la parodia, el humor negro o el absurdo, los cuales son parte integral de un universo —el propio Skip—, que aunque a primera vista resulta inconexo y chocante, parte de una esencia única, la cual se ha visto fragmentada, desplazada y reconstruida, como los diversos estadios de un yo ultrajado, dándole un inconfundible toque onírico plagado de nostalgia y oscura belleza.

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Así, el folky “Cripple Creek” es como si Kris Kristofferson, Fred Neil y Leonard Cohen se encontraran en una taberna, en medio de una juerga con ácidos. Con esa insólita forma de impostar y proyectar la voz, Skip producía una sensación de hartazgo, lo cual funciona perfectamente como ambientación para un viaje nocturno por la autopista sombría de la existencia. El tema está basado en una melodía muy sencilla, pero efectiva.

“Cripple Creek” está envuelta en una atmósfera seductora, marcada por pedazos de country y bluegrass. Aunque el significado de la letra, lleno de imágenes intrincadas y mensajes crípticos “all past the streams of fire/ on a petal path did glide” podría interpretarse de muchas maneras, básicamente, se refiere un hombre que va a través de la vida y el amor, retornando al final de su éxodo y como en un anhelo profundo y redentor, a sus seres queridos.

“Diana”, taladra el pecho del oyente como un lamento, un sollozo que busca desesperadamente a la figura amada, pronunciando su nombre a manera de un conjuro y comparándola, casi por un capricho del lenguaje, con un guante mientras ruega por el aparecimiento de un vestigio minúsculo de su presencia, al menos (Oh, Diana/ you are a glove/ Diana I am in love/ Oh, Diana/ I see you clear/ Oh, Diana I beg you near).

El minimalismo de la letra se rinde a la voz de Skip que al final, casi extenuada se entremezcla con una guitarra plañendo con dulzura patética.

Luego está el funesto “Margaret/Tiger Rug” un tema inquietante, por donde se lo mire, acompañado, por aquel bajo insistente y juguetón, una voz pastosa que con la curiosa línea “she has muscles in her eyes” donde Skip parece, por fugaces instantes, capaz de reírse abiertamente (probablemente de sí mismo), mientras se sorprende repitiendo una retahíla de oraciones carentes de sentido.

“Weighted Down”, un tema de inspiración folk (que pudo haber iluminado la carrera en solitario del veterano Vernon Wray). Se lee como un canto desde la prisión, interpretado por un hombre que, en la vida real, acababa de salir de una jaula; un aullido sostenido en la pura desidia, en la cual el protagonista clama por su esposa, quien lo ha sustituido por otro hombre y en la que se sugiere que el peso que sume a los seres humanos en la angustia, se encuentra en el apego a las posesiones y, sobre todo, en las decisiones, aquellas que con el tiempo, se vuelven en sentencias imposibles de modificar:

“War In Peace” es una canción atemporal (a veces, si uno entrecierra los ojos, escucha a un Thom Yorke naciendo de entre sus cenizas) en la que Spence hace que su Gibson ruja y descienda hasta el alma del amor libre y lo entrelace con sugerencias lóbregas y silbidos animalescos “It’s a joy to know you’re resting in peace/ war in peace, what a funny combination/ will come to separation/ since you believe…/ It’s a joy to see you in your red risen dead/ risen dead will cross another generation”.

Alexander “Skip” live at Monterey Pop/ Photo Michael Ochs Archives Getty Images

Se cuenta, que Eric Clapton, en su momento, hizo un comentario despectivo sobre Moby Grape. Muchos también especulan que al final de esta canción, Spence devuelve la bofetada al deconstruir el riff de “Sunshine Of Your Love”, tirándolo al suelo, pisándolo y arrastrándolo como a la misma generación “del verano del amor”, que poco después ardería y se consumiría en sus propia angustia por subsistir.

Quizás la belleza escondida (además de la música) de “Broken Heart” radica en la forma en que el despreocupado canadiense se burla de la música con letras de talante romántico, sobre todo la que se puede encontrar en la escena hippie de la costa oeste, aquella en la que había nacido artísticamente y que, además lo recibió radiante en sus primeros coqueteos con la industria musical:

Es sorprendente ver que en canciones como “Broken Heart”, Skip puede plasmar su propio espíritu de manera inmediata. Existe confusión, puede percibirse mucha incertidumbre y un ánimo atormentado y, sin embargo, siempre es posible hallar salpicaduras de genialidad, de tono jocoso y transgresor.

Este tema actúa como una regresión conmovedora, y oxidada sobre todo, hacia los coloridos días de la revolución psicodélica y dispara balas, de abyecta intención, contra todos sus condimentos edulcorados “honey dripping hipster whose bee cannot be bopped/ better to be rolled in oats/ than from the roll be dropped”, mientras que en “Dixie Peach Promenade (Yin For Yang)” combina esta misma tónica, esta vez en contra de la filosofía transcendental, tan de moda en aquellos días: “I bought me some Zen food/ to learn how to think/ but I can’t think of anything more that I’d adore/ than see you in the pink” con pinceladas de verdadera poesía erótica “I’ll stay by your side during the day, you’ll stay underneath me at night”.

Y si en “War in Peace” pudimos oír algo de Radiohead, en “All come to meet her” incluso uno puede deleitarse con la idea de que aquí se halla un seminal Beck en el “Mellow Gold”.

Es una melodía escueta, cuya letra está levemente inspirada en el evangelio y que, tal como en “Little Hands” se enmarca en un encanto folk, casi pueril. Esta sensación espiritual, crea un ilusorio (hasta donde podemos deducir) sentido de destino y bienestar que la hacen brillar por sí misma y permiten dejarse llevar por su quimérica melodía.

“Books Of Moses” es pionero, con su extraña percusión de cincel (y los truenos al fondo) del movimiento industrial y ambiental, con décadas de anticipación. Muchos años después, la reconstrucción de Tom Waits la elevó a la categoría que merece, dándole un sabor de rock y blues desérticos que, tal como su título lo indican, suenan casi fatídicos.

Otra, de una serie de melodías y collages, que demuestran una visión experimental única, “Lawrence of Euphoria” es la ridiculización del amor, vamos, del amor entendido por Skip. Con una voz ronca, de tono alcoholizado, y con pedazos de un country destartalado, de espinoso ritmo, la letra refiere a un amante en el ápice de su condición, o de su pesimismo, describiendo a sus consortes con trazos de verdadera comedia negra y una pobre visión de sí mismo.

El periodista Daniel Falatko se preguntaba ¿Pero qué diablos es “Grey/Afro”? Entre las continuas escuchas y análisis que puedas darle, así como a la canción que le sigue (en la versión extendida) “This Time He Has Come” poco se puede concluir. ¿Una burla minimalista y sincopada? ¿un retorno primitivo a las raíces mismas de la música? ¿La brillantez más inusitada de Skip? Para estos temas, él optó por usar simplemente un bajo y una batería. Y con eso decidió tratar de ocuparlo todo. Y lo que consiguió es cubrir buena parte de la música que vendría después (Kraut rock, ambient, lo-fi, indie rock noventero, etcétera, etcétera, etcétera) en algo más de trece minutos de disparatados fraseos e inquietantes atmósferas, sostenidas en una poesía cáustica, trágica e hilarante.

La letra también contiene muchos de los pasajes más aciagos e iluminados de su baúl, los cuales deslizan líneas de exarcebado delirio y pronósticos oscuros: “Frightful days that we are living in/ but it seems if hopes get in your way… between my lips are words that surface through you/ I’m just trying to get a message through you… In the timing of the soul that’s right/ then we’ll look at how my death is spread”.

La huida

El aullido fantasmagórico, apenas inteligible de su propia voz, un par de guitarras fuera de registro y un tropel de tambores soporíferos fueron lo último que escuchó. Por hoy había terminado. Y a pesar de todo, sentía que en su pecho no cabía ninguna otra posibilidad. Todo había sido dicho. Todo había sido vomitado desde el fondo de su ser. Y él ya no se encontraba hambriento. Ya no más.

Spence apagó el panel de control. Estaba muy cansado. Dejó las cintas con aquel hombre misterioso que siempre venía a verlo (a pesar de que se le había advertido que eso estaba prohibido). Mike lo miró de manera desconcertada. Quizás nunca supo qué decirle. Quizás aquella semana fue suficiente para dejarlo sin habla para toda su vida profesional. Quizás, como unos pocos varias décadas más tarde, lo que había acontecido en ese estudio de grabación hizo que viera la música de manera distinta. Skip no se sentía con ánimos de entregar las maquetas él mismo, pero eso ya no importaba. El destino de esas grabaciones ya no le correspondía a él. Tal vez era tiempo de pasar algún tiempo con su esposa e hijos. Quizás eso también le estaba vedado. Tomó su motocicleta y la encendió con parsimonia. Partió desde Nashville, como un jinete que se pierde en el horizonte y tal como en los mejores western, se dirigió hacia una vida que se encontraría llena de incontables días de miseria y autodestierro.

Aunque estas fueron las principales canciones que salieron en la primera edición de Oar, hubo muchas más (entre tomas alternativas, canciones sin terminar y pequeños experimentos de no más un minuto), las que vieron la luz en posteriores reediciones y que, tal como los escritos del poeta portugués Fernando Pessoa, siguieron apareciendo hasta hace poco. A pesar de que, al momento de grabar Spence pensaba que lo que hacía solamente era un demo que después sería adecuadamente producido y masterizado, el espécimen final fue una obra adelantada y por encima de todo, incomprendida en su época.

El resultado: un enternecedor y muchas veces, turbador relato de una exasperada soledad que se entretejía con folk-rock-blues catártico, tras un velo desgarrador de experimentos y aventuras sónicas sin precedentes. Skip probó, en unos días, que la música más radical no sólo puede evolucionar desde unos cuantos género base, sino que, sobre la marcha, se puede dar el primer paso para la creación de otros, todo ello sin alejarse de las propias raíces.

David Rubinson juzgó que estas canciones merecían conocerse, pues a su juicio: “Yo comparo Oar con algo de Van Gogh…es tan completamente accesible; emocional, espiritual y psicológicamente. Y creo que la gente responde a eso. Encuentran a Skip, y a ellos mismos, a través de la música. Ese era el punto de todo ello”.[5]

Lo que obtuvo es el álbum menos vendido de Columbia, hasta la fecha. Oar fue retirado de su catálogo en menos de un año, desde su estreno en 1969.

La primera edición ampliada del álbum, lanzada en 1999, proporciona por paradójico que suene, un orden y un contexto a este demencial caos, que no hacen más que aderezar su ya de por sí, la cruenta y cómica visión de la situación por la que Skip atravesaba. Hoy se cumple medio siglo, desde su aparición, y poco ha sido lo que ha cambiado, en el panorama del rock contemporáneo, desde ese entonces.

Después de las sesiones, Skip se marchó a California y, aparte de unos pocos roces con la música y unos cuantos encuentros intermitentes con sus viejos compañeros, se perdió durante décadas.

Tenía 23 años.

Renacimiento

A principios de marzo de 1994[6], aparecieron unas imágenes tomadas por el fotógrafo norteamericano Jeremy Hogan. Localizadas en el centro de San José, California, en ellas asomaba un indigente cincuentón de aspecto descuidado y espesa barba. El hombre estaba visiblemente ofuscado, fumaba cigarrillos compulsivamente y pedía monedas en un estacionamiento, blandiendo un rostro locuaz y una sonrisa desquiciada. En algunas, incluso, aparecía tocando la batería. Y era, como si de repente, su faz cambiara y se concentrara en lo que hacía. A pesar de esos instantes de lucidez, la mayoría del tiempo, su mirada parecía perdida en algún punto remoto del tiempo y el espacio. Respondía perfectamente a la descripción de Skip Spence y vivía en un albergue local. Según se sabía, había pasado los siguientes treinta años, después de grabar Oar, entrando y saliendo de instituciones mentales y casas de acogida.

Justo antes de su muerte, acaecida el 16 de abril de 1999 (dos días antes de su cumpleaños), debido a un cáncer de pulmón, Skip pudo oír un disco en el hospital, compuesto especialmente para él, mientras se encontraba en las etapas terminales de su enfermedad: “More Oar: A Tribute To The Skip Spence Album” entre cuyos colaboradores se encontraban Robert Plant, Jay Farrar, Mark Lanegan, Tom Waits, Robyn Hitchcock, Beck (por supuesto), Alistair Galbraith y Mudhoney.

Se dice, de acuerdo con sus familiares y algunos testigos, que al escucharlo asintió con benevolencia y hasta sonrió suavemente. Lo que pensó al escucharlo, eso jamás lo sabremos.

Tenía 52 años.

Entre las adaptaciones que hacen estos artistas, de los infiernos más personales de Spence, destacan la ya mencionada “Book of Moses” del gran Tom Waits, la cristalina versión de “Little Hands”, a cargo del legendario Robert Plant, la bellísima revisión de “All Come To Meet Her” por Diesel Park West (esos coros le ponen a uno los pelos de punta) y la oscura y siniestra (era de esperarse) lectura de Mudhoney, quienes en “War In Peace” alcanzan una solemnidad bastante apropiada a las líricas inquietantes de Skip.

Por otro lado, Beck opta por reformular, a su manera, unas de las canciones escondidas del Oar, dándole un aire pegadizo y bailable, que no deja de lado la extrañeza “spenciana”.

El tributo también revelaba, al final, una pista escondida del mismo Skip, “Land of the Sun”. Este tema, grabado en 1996, fue lanzado originalmente en 1999, como un sencillo de vinilo de 7 pulgadas, por Sundazed Records, junto con otra grabación de Spence, “All My Life (I Love You)”, la cual databa de 1972.

Con una atmósfera opresiva, “Land of the Sun” está arreglado por una percusión insistente y es una muestra de los últimos ejemplos de Skip, aventurándose en el terreno de la experimentación. La canción fue un encargo para la banda sonora de la popular serie de televisión, X Files, llamada “Songs in the Key of X”, pero nunca se usó.

Una década después, en 2010, el bueno de Beck incluiría a Oar en su proyecto “Record Club” iniciado en junio de 2009. El propósito de este era el de versionar un álbum en un día, apoyado por varios músicos de renombre y grabado como un encuentro informal de amigos. Según el mismo Beck, nada se practica ni se arregla de antemano, los músicos solo aparecen, se reúnen y tocan.

En el caso de Oar, Beck estuvo acompañado por Wilco, Feist y Jamie Lidell. De esta propuesta nacen grandes relecturas de clásicos como “Grey / Afro” o “Diana”.

Después de su muerte, a Skip le sobrevivieron sus cuatro hijos, 11 nietos, un medio hermano y su hermana, Sherry Ferreira.

Su música, influiría de manera decisiva en artistas como Johnny Thunders, Beck, Daniel Johnston, R.EM., Weezer, Death Cub for Cutie, Calvin Johnson, Devendra Banhart, Sufjan Stevens y una pléyade de revisionistas del folk rock a inicios del año dos mil, convirtiendo a Oar en material de culto.

Sin embargo, es probable que esto realmente nunca le importara y toda su vida se resume en aquellos versos que el mismo, en “Grey/Afro”, escribiría a manera de declaración:

To be sure
I don’t give a damn
Live in peace
Do anything.

Bueno, pero tal vez, esto tampoco lo sabremos. Solo nos queda Oar.

Todas las imágenes de esta sección, pertenecen a la galería de Jeremy Hogan Photography – Bloomington, Indiana

 

[1] La clorpromazina (cuyas marcas más populares fueron Largactil, Ampliactil, Torazina y Thorazine) es un medicamento neuroléptico, ubicado entre los antipsicóticos clásicos o típicos. Su descubrimiento se enmarca en la “Cuarta revolución en Psiquiatría”. Su uso se extendió al comprobar que actuaba como tranquilizante sin sedar, es decir, manteniendo la conciencia en pacientes psiquiátricos. Fue un éxito en los esquizofrénicos agitados, pues los tranquilizaba y en cambio, activaba a los debilitados.

[2] http://niche-appeal.com/all-time-strangest-records-48-oar-by-alexander-skip-spence/

[3] El título de esta sección hace alusión al significado del término Oar en inglés, pues quiere decir remo.

[4] https://blogs.elpais.com/muro-de-sonido/2011/09/la-noche-oscura-de-skip-spence.html

[5] https://www.loudersound.com/features/dark-star-the-tragic-genius-of-skip-spence

[6]https://jeremyhogan.photoshelter.com/search?I_DSC=SKIP&I_SDATE%5BMM%5D=&I_SDATE%5BDD%5D=DD&I_SDATE%5BYYYY%5D=YYYY&I_EDATE%5BMM%5D=&I_EDATE%5BDD%5D=DD&I_EDATE%5BYYYY%5D=YYYY&I_CITY=&I_STATE=&I_COUNTRY_ISO=&I_ORIENTATION=&I_IS_RELEASED=&I_IS_PRELEASED=&_CB_I_PR=t&_CB_I_PU=t&_CB_I_RF=t&_CB_I_RM=t&I_SORT=RANK&I_DSC_AND=t&V_ID=&G_ID=&C_ID=&_ACT=search

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