Por: Efra Páez 

“…la autenticidad no es una cualidad de la música como tal (el modo real de hacerla), sino de la historia que se le escucha contar, el relato de interacción musical en que se sitúan los mismos oyentes”

– SIMON FRITH

En el Ecuador de finales de los años 80’s del siglo pasado, ser rockero implicaba cierto grado de marginalidad. Los músicos nacionales luchaban por sobrevivir en un país donde el público exigía que se toque covers de bandas mainstream internacionales y la idea de profesionalizar su música era todavía muy lejana. Los medios de comunicación daban una difusión mínima al rock y las reseñas periodísticas empleaban términos peyorativos para referirse a la incipiente escena rockera nacional, vista entonces como algo nocivo.

Pero las guitarras eléctricas no podían ser acalladas indefinidamente. El proceso de globalización estaba en marcha, los ecuatorianos que viajaban al extranjero compraban discos y revistas de rock que pasaban de mano en mano.

En 1982, la alcaldía parisina impulsó la Fête de la Musique para celebrar el inicio del verano boreal el 21 de junio de cada año. Dicha celebración se expandió por todas las ciudades donde el gobierno francés mantiene instituciones culturales, como la Alianza Francesa, presente en Quito desde 1953.

En 1989 se celebró por primera vez “La Fiesta de la Música” en Quito, evento que tuvo como plato fuerte a Mano Negra, agrupación de carácter multirracial y discurso irreverente con matiz social, que con el tiempo se posicionó como los involuntarios embajadores “punk” de la francofonía. Con apenas dos años de actividad por entonces, los Mano Negra eran la revelación dentro de la escena cultura parisina y se encontraban en medio de una gira sudamericana.

Antes de proseguir, les sugiero darle play al Putas Fever, disco en cuya gira promocional se enmarcó el primer concierto, al que me refiero  para que acompañen el resto de su lectura:

Sus dos presentaciones -1989 y 1992- en el marco de la “Fiesta de la Música” quiteña son parte de la memoria del rock ecuatoriano, en cuanto probablemente fue la primera vez que una banda extranjera de punk rock ofrecía un concierto gratuito en un espacio público administrado por la municipalidad de Quito, señal del cambio de perspectiva de las autoridades nacionales hacia el fenómeno rock.

Los shows de Mano Negra hubieran sido imposibles si los censores omnipresentes en toda burocracia cultural hubieran escuchado detenidamente las líricas contestarías de la banda francesa, pero parece que en dicha ocasión los censores estuvieron perezosos o confiados, pues al ser un evento organizado por la Alianza Francesa, -institución muy estimada por la clase alta quiteña- no se esperaban un frenético concierto de punk.

Para nuestros músicos, ver gratis a Mano Negra en un espacio público tuvo un impacto duradero. Apreciar la rica fusión de géneros y el manejo escénico de la banda francesa, abrió muchas cabezas y sembró la idea de apropiarse del espacio público a través de la música rock.

Logotipo clásico de Mano Negra. Imagen tomada desde http://www.paginadelespanol.com/corrige-la-cancion-de-manu-chao/mano-negra/

Mi primera referencia sobre el concierto de Mano Negra en Quito fue la congestión vehicular que ese día provocó. Recuerdo la amarga queja de mi padre, quien “por culpa de ese concierto de hippies” tuvo que dar un rodeo para ir a la casa de su progenitora en el sur de Quito.

Posteriormente una prima mayor me contó que había estado en un concierto de “unos franceses locos” y que “el bruto del cantante” se había lanzado desde el escenario sobre la gente. Según la versión de esta prima, el público se asustó y dejó que el cantante se estrelle “de hocico” contra las piedras centenarias de la Plaza de San Francisco[i].

Plaza de San Francisco, con la iglesia al fondo. Imagen tomada desde https://www.casagangotena.com/es/la-vida-y-la-gente-de-la-plaza-san-francisco/

Pasaron algunos años para que me entere que el concierto que me relataba mi prima fue de Mano Negra, banda cuyos videos empezaron a circular constantemente en los programas Video Show de Ecuavisa y Sintonizando de Telecentro, actual TC Televisión. Y pasaron muchos años más todavía para enterarme de que el famoso “suelazo” de Manu Chao aparentemente sólo sucedió en la cabeza de mi prima, pues ninguno de los otros asistentes a los que entrevisté recuerda dicha escena.

Afortunadamente existen imágenes de este primer concierto en el documental Putas Fever, gracias al cual se puede revivir el ambiente en el que se desarrolló, con gente pogueando y practicando el slam –lanzarse en contrapicada desde el escenario hasta el público.

“Se puede decir que estamos entre familia, muchas personas han estado en todos los eventos” dice en el documental el encargado de presentar el concierto, pero la Plaza de San Francisco luce abarrotada. En la película no solo se observa a los jóvenes rockeros: se ve comerciantes, beatas ancianas que cargan cuadros religiosos, venta de comida ambulante, indígenas y muchos curiosos que llegaron al concierto por casualidad y luego quedarían atrapados en medio del mosh.

Edgar Castellanos Molina, por entonces un estudiante universitario, solo pudo asistir al segundo concierto gratuito de Mano Negra. Quiso venir a Quito para el concierto del 89, del cual se enteró a través de cuñas televisivas que se difundieron entonces, pero sus padres se lo prohibieron, ya que estaba cursando exámenes de grado y tenía problemas de conducta en su colegio en Ambato. Por ello Edgar siente nostalgia y cierta “pica” cuando se confronta con las imágenes del 89, pues él “se moría de ganas de estar ahí”. Para el concierto de 1992 asistió acompañado de sus amigos Franz Córdova, Fernando Dávila, Mauricio Paredes y Alex Manterola, este último de nacionalidad chilena.

En el mosh alguien robó la billetera y la cámara de fotos de Edgar, pero tuvo cierta compensación dhármica cuando acudió a comprar alcohol a una de las tiendas cercanas a la plaza y se encontró con los músicos de Mano Negra. Manu Chao le regaló su botella vacía de agua mineral con gas marca Güitig, la cual Edgar conservó como una especie de fetiche –algo que hoy le causa risa- durante un tiempo. Esa noche Edgar y sus amigos terminaron bebiendo con Antonio Chao, trompetista de la banda, en la Plaza Indoamérica. Al finalizar la jornada –y todavía chuchaquis- Castellanos, Córdova y Manterola decidieron que ellos también querían formar una banda de rock, a la que originalmente llamaron Frente Ruso, banda que luego se transformaría en Mamá Vudú.

Edgar Castellanos, Manu Chao y Álvaro Ruíz (baterista de Mamá Vudú), año 2000. Imagen tomada desde la fan page de Facebook de Mamá Vudú.

¿Fue solo la adrenalina juvenil del mosh, el alcohol y el intercambio amigable que tuvieron Castellanos y sus amigos con los músicos de Mano Negra lo que los motivó?  No, todos esos factores influyeron positivamente, pero lo decisivo fue “la bronca” que sintieron al constatar que entonces no había grupos ecuatorianos capaces de ser teloneros de Mano Negra.

En palabras de Edgar, las bandas elegidas por la organización, Materia Prima y Barro, tocaban pop “fresa” y no tenían ninguna sintonía musical con Mano Negra. Sintió que ese era el momento idóneo para experimentar texturas sonoras sin miedo a la fusión de géneros y jugársela por la ética de trabajo Do It Yourself, que practicaba Mano Negra. La influencia sonora de Mano Negra es tangible en su primer EP de Mamá Vudú: “Tropical Brea”, pero fueron el discurso contestatario y la aplicación del DIY de la banda francesa lo que entonces impresionó e influyó sobre los futuros Mamá Vudú.

En el mismo concierto de 1992 también estaba una jorga de muchachos algo más jóvenes, quienes bailaron mosh frenéticamente y uno de ellos perdió su zapato en medio del frenesí. “Esa noche influyó en el nacimiento de mi banda” confiesa José Miguel Mantilla, pues tras el concierto se formó Los Guambras de Mierda, germen embrionario de los futuros El Retorno de Exxon Valdez, legendaria banda quiteña de punk ska.

Una de las escenas que José Miguel recuerda de este concierto es la de unos monjes bailando al ritmo de Mano Negra en el campanario de la Catedral de la Iglesia de San Francisco. Esta dislocada imagen también me fue corroborada por otro de los asistentes, Fernando González. ¿Alucinación colectiva o expresión de lo carnavalesco bajtiniano encarnado?

Jean Michel Dercour, Gambeat (bajista de Manu Chao durante su visita a Ecuador en el año 2000), Hernán Guerrero y Manu Chao, año 2000. Foto cedida por Hernán Guerrero.

Tal vez sea Hernán Guerrero, quien hasta hace poco dirigía la Mediateca de la Alianza Francesa en Quito, el ecuatoriano que más contacto ha tenido con la familia Chao. Siendo estudiante de la Alianza Francesa acudió emocionado al concierto del 89. En el del 92 se ofreció como voluntario para colaborar en la organización. Apoyó con la logística del evento, compartió mesa y tragos con la banda, fueron a Guápulo a farrear y desde entonces cada que el músico francés viene a Quito lo visita.

Mantienen un contacto frecuente vía e-mail, pero por cuestiones laborales, Guerrero ha llegado a ser más cercano incluso todavía con el padre de Manú, Ramón Chao (+), quien hasta su reciente jubilación fuera periodista estrella de la señal de Radio Francia Internacional en su departamento orientado hacia los países hispanoparlantes.

“Garbancito” Phillippe y Santiago (al fondo), percusionista y baterista de Mano Negra, respectivamente, en otra imagen del concierto de 1989. Foto tomada desde YouTube.

Si bien el peso documental recae sobre todo en el concierto del 89, el cual tiene el carácter fundacional al haber sido el primero, considero que el concierto del 92 tuvo mayor peso para el desarrollo de la entonces incipiente escena del rock ecuatoriano independiente, pues dio pie a la formación de dos de sus bandas insignia.

Guardando las proporciones, la influencia de los conciertos gratuitos de Mano Negra en Quito tuvieron un efecto análogo al que desató la primera presentación de los Sex Pistols en Manchester, Inglaterra: muchos de los asistentes salieron con ganas de armar su propia banda[ii] y con el tiempo se constituyen en hitos para la creación de nuevas escenas culturales.

Gracias a las presentaciones de Mano Negra en la Plaza de San Francisco, muchos rockeros nacionales escucharon por primera vez a una banda que conjugaba el discurso y la rudeza del punk con elementos étnicos, contenido político y un aire tropical.

Constatar que era posible tocar rock para un público heterogéneo ¡y en un espacio público! fue una motivación para que muchos jóvenes afilen sus guitarras por vez primera.

Videografía recomendada:

Remy, Brigitte & Mourier, Pascal. (1989). Putas Fever. 52 minutos.

Teboul, Phillipe; Dahan, Joseph & Darnal, Thomas. (1989). Rock & Roll Band (live around the world, un voyage dans l’espace temps). 80 minutos.

[i] El dramaturgo y quitólogo Javier Cevallos Perugachi, quien siendo un preadolescente se topó con el concierto por casualidad al salir de una clase de teatro en 1992, recuerda que la calle Sucre, una de las que bordean la Plaza San Francisco, era muy distinta entonces. Dicha calle era estrecha, llena de ventas ambulantes y ladrones. Lo mismo sucedía –aunque de forma menos ostensible- en la calle Cuenca. Todos los accesos a la Plaza de San Francisco eran distintos. No existía la Plaza Santa Clara y en su lugar estaban restos de la estructura del antiguo Mercado Central, los cuales actualmente forman parte del “Palacio de Cristal” en el parque del Itchimbía. Todas las calles que rodean la Plaza de San Francisco estaban infestadas de buses de transporte urbano, los cuales hoy solo pueden circular por la calle Benalcázar, en el margen este de la Plaza Grande.

[ii] A ese concierto acudieron los futuros miembros de Buzzcocks, Joy Division, The Jam, Morrissey de The Smiths, Mick Hucknall de Simply Redy, entre otros. Todos ellos, desde distintas vertientes rockeras, revitalizarían el rock británico en los años 80’s.

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