Por: La Lola Calamidades 

 

Of aborted plans and sudden shattered hopes…

Gates to the garden, Nick Cave & The Bad Seeds

Todo ocurre dentro de esta habitación desordenada y perdida en los márgenes de mi cerebro.

Alexis Zaldumbide Manosalvas

Elegir el libro que vas a llevar a un viaje es importante. No, no es importante, es crucial. Haciendo la historia corta es elegir la compañía que vas a tener durante el tiempo que estarás lejos de casa, independientemente de si viajas con alguien o no. ¿Ahora lo entiendes? ¡Es VITAL! Lo supe, así a la mala, cuando viajé por 24 días a Europa, prácticamente sola, y Cerati. En primera persona de Maitena Aboitiz (Planeta, 2012) fue mi compañía, soundtrack, distracción, biblia, amuleto… TODO.

La selección no es fácil, más si eres quisquilloso/a y te fijas en todos los detalles. Primero: el destino importa; no es lo mismo llevar tal o cual libro a un viaje en el que visitarás parques de diversiones o a un crucero o un tour guiado, etc. Tienes que saber a lo que vas y, dependiendo de eso, elegirás el mejor compañero. Además, el destino cuenta porque si eres de los míos, de esos que ven en cada viaje una oportunidad para comprar libros, no querrás llevar un ejemplar pesado. Ahí donde nos ven medio volados/as, pensamos en todo.

Luego está el mood de la travesía. Eso es más subjetivo, lo sé, pero… ¿qué no lo es? A veces no basta con llevar un solo libro y te llevas dos; otras solo tienes la certeza de que debes llevarte ese y no otro, solo ESE. Hay ocasiones en las que, a pesar de estar en la mitad de uno, decides llevarte otro libro y punto. Bueno, hay que sentirse, imaginarse en aquel destino y vislumbrar cuál será el autor encargado de acompañarte y susurrarte sus propios miedos y laberintos.

Cuando tuve que decidir cuál sería el libro que llevaría a un crucero de ocho días, no pude pensar en otro que Habitaciones con música de fondo de Alexis Zaldumbide Manosalvas. Lo había comprado hace poco, sin saber mayor cosa de él. Había leído que ganó el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Polit (2018), otorgado por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, y que el autor era buen amigo de un amigo mío.

Nada más, nada menos. Sin embargo, el título me resultaba sugerente, no sé, me hizo sentir que sería una buena compañía en esos días venideros, sin internet, en un camarote pequeño, con mucho tiempo para hacer nada. Imaginé que, así como esa música que permanece como un eco en mi cabeza, este libro, con sus breves relatos, sería el acompañante perfecto para husmear en los recovecos de aquellas habitaciones inventadas, mientras la vida pasaba en altamar.

No me equivoqué. Lo sé ahora que terminé de leerlo, ya en la comodidad de mi hogar, en la cotidianidad de mis propios demonios y en el placer de mi propia rutina.

“Bueno, ¿qué más da? Somos feos, pero tenemos la música.”[1]

Habitaciones con música de fondo no es un libro sobre música, pero cada relato transcurre en los confines de una habitación que, a manera de recuerdo, la hacen aparecer como pretexto, presagio, chaleco salvavidas o compañera de batallas y derrotas; y es dentro de esas melodías y las palabras de aquellas historias que se va dibujando la silueta de la melancolía, el hastío, la soledad (sea acompañada o no) y la rutina.

Areteo, médico griego del siglo I d. C., decía que la melancolía es “una permanente angustia del alma (angor animi)[2] y Robert Burton, escritor inglés (1577 – 1640), que es “el carácter inalienable de todo mortal”[3] y, quizás, es por eso que al leer Habitaciones con música de fondo, progresivamente sientes que no caminas solo, que hay un rincón en lo más profundo de nosotros que se conecta con los demás, a través de emociones primitivas y que podrías crear un club de melancólicos y en él, cada participante, podría contar su historia a través de una o varias canciones.

Entonces te quedas y repasas las páginas, una y otra vez, subrayas aquellas emociones que tú también sentiste, tal vez que todavía sientes, y recuerdas aquellas vivencias que tú también experimentaste, solo que en este caso eres un simple voyeurista, un testigo silencioso o un participante que llegó tarde al evento y necesita que el narrador le cuente, con lujo de detalles, todo.

Miro a mi alrededor. Más allá de la silla, del parasol, del jacuzzi, de los niños que juegan en la piscina, de los viejos que fuman su tabaco matutino; más allá del buffet, de los trabajadores, del sonido del barco chocando con el agua, más allá… Más allá está el mar y es inconmensurable y asfixiante. Hay emociones que son así, que surgen en un momento específico, pero te acompañan para siempre y, a veces, te quitan el aire, te dejan huérfano de esperanza.

“¿Por qué padezco con la música, por qué no puedo dejar de recordar canciones y las sensaciones que me provocan determinadas canciones?[4]

Me hago la misma pregunta, mientras regreso a la realidad del barco y me sumerjo de nuevo en la lectura. Morrisey repite “there is no such thing in life as normal” y yo le creo. Sospecho que Zaldumbide también. A pesar de la rutina, de que la historia pueda repetirse una y otra vez, hay algo de extraordinario en lo cotidiano. Habitaciones con música de fondo me da esa sensación, esa de normalidad dentro de la excentricidad de los momentos únicos que la memoria erosionará, una naturalidad que pende de una cuerda floja, que parece estable, pero se revela endeble.

“¿Cuánto tiempo puede durar esto? ¿Por cuánto tiempo podré sentirme tan bien? Me pregunto en silencio, me imagino que tal vez este es mi chubasco pasajero y que luego todo va a volver a la normalidad, una normalidad que no me agrada, en la que estoy solo.”[5]

En las noches, en el camarote, no logro conciliar el sueño. Quizás sean los excesos de comida, de tiempo libre, de pensamientos recurrentes. Este libro me hace compañía, me presenta circunstancias cotidianas y me muestra el lado más hastiado del ser humano, su naturaleza y sus relaciones. Sin invitarme, deja abierta la puerta de cada habitación para que yo escudriñe en la memoria de cada personaje y, a través de ellos, me reconozcas, un poco frágil, otro tanto animal. Una obra en la que la música no suena en el fondo, sino que retumba en las grietas de los recuerdos y del pasar del tiempo.

Ya lo dijo Theodor Reik, “las melodías que te rondan por la mente (…) podrían dar una clave de la vida secreta de las emociones que vive cada uno de nosotros (…) Sea cual sea el mensaje que lleva, la música incidental que acompaña nuestro pensamiento consciente nunca es accidental.”[6]

Regreso a casa, luego de ocho días y siete noches de, casi, no pisar tierra firme, con más libros de los que voy a leer este año y con la férrea convicción de ordenar la playlist de mi cabeza y diseccionar mi melancolía. A veces los libros no son solo compañía, sino guía.

[1] Cohen, Leonard, Poema Chelsea Hotel, en A mil besos de profundidad. Canciones y poemas (1956 – 1978), Visor Libros, Colección Visor de Poesía, España, 2011.

[2] Burton, Robert, Anatomía de la melancolía, Colección Austral, Argentina, 1947, pág. 13.

[3] Ibíd., pág. 13.

[4] Zaldumbide, Alexis, Habitaciones con música de fondo, Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Ecuador, Colección Última Erranza, Ecuador, 2018, pág. 139.

[5] Ibíd., pág. 147.

[6] Reik, Theodor, The Haunting Melody: Psychoanalytic Experiences in Life and Music, en Oliver Sacks, Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro, Editorial Anagrama, Colección Compactos, España, 2015.

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