Por: David Pinto

Era una tarde de sombras largas proyectadas en el piso, de uno de esos soles fuertes de Quito que calcaba contornos de verde opaco en el césped y que me acompañaba incansable por los pequeños paseos del Parque La Carolina. Era la primera vez que asistía a un recital sorpresa. Mientras caminaba revisaba las historias de instagram de Paola Navarrete, cantante quiteña que había anunciado la noche anterior que tocaría junto con Mauro Samaniego, cerca de la laguna del parque. El sol seguía arremetiendo contra el césped y los que caminábamos sobre él; recordé que en la primera historia de la red social, Paola había recomendado llevar bloqueador solar, como siempre, yo no había tomado en cuenta el ímpetu de los rayos del sol de las tardes de verano, cargaba mi chompa y mi cámara, pensé que tal vez preferiría el calor de mi chompa de cuero a la quemazón del sol.

Crucé uno de los puentes, supuse que el recital estaría lo más alejado de los parlantes de la boletería de la laguna, en el que las personas se acumulaban para comprar un viaje en bote y subirse o bajarse de estos. Me pareció extraño que el primer puente estuviera vacío, por todo el parque estaban desperdigados grupos de personas. En cuanto estuve en la mitad del puente una ventolera de minúsculas gotas se precipitó contra mí, supuse que por esta razón nadie utilizaba este puente, después de cruzarlo me di cuenta de la ligera capa de agua que se encontraba en el suelo. Crucé el otro puente y llegué al otro extremo de la laguna; hubiera podido rodearla y así evitar el pequeño inconveniente.

En la orilla, bajo la sombra de algunos árboles, varios grupos de personas estaban sentados. Me di la vuelta, Paola acababa justo de cruzar el último puente y se había unido al grupo más numeroso. Un chico y una chica sostenían dos cámaras y estaban haciendo un par de pruebas, el contraste entre lo que se encontraba bajo la sombra de los árboles y lo que era alumbrado por el sol era excesivo, supuse que Paola iba a documentar el pequeño concierto. Mientras más personas seguían llegando hice unas cuantas pruebas con mi cámara para tratar de sacarle algo de provecho al sol de la tarde. La gente seguía llegando y no sabía si ellos habían tardado tanto, como yo para encontrar el lugar. Pocos minutos después llegó Mauro Samaniego acompañado de su guitarra. Sacó la guitarra, la afinó y siguieron con unas pruebas, me parece que esta vez de video y sonido, Paola miraba la pantalla de la cámara junto con el camarógrafo mientras Mauro seguía tocando.

 

Poco a poco los asistentes fue ubicándose, por sí mismos, alrededor de Paola y Mauro. Además de los dos camarógrafos, Felipe Lizarzaburu, de la banda La Máquina Camaleón, se encargaba de grabar el sonido. Cuando ya estuvieron listos, Paola se dirigió por primera vez a las personas que estaban esperando, les agradeció por haber venido, les contó que organizaron esto “por amor a la música” y les pidió que se acercaran más, pues contaban solo con su voz y la guitarra de Mauro. Las setenta personas, según mis cálculos aproximados, se acercaron aún más y comenzó el recital con temas de Paola.

La voz de Paola y la guitarra de Mauro fueron emergiendo del ruido del parque que rodeaba a la presentación. Escuchar se convirtió en un reto, estaba parado con la cámara en mi mano en el círculo externo de los que rodeaban a los dos músicos. La voz se confundía con el ruido del agua que caía de las piletas aledañas, voces de familias que reían o que conversaban se escuchaban a lo lejos, en los momentos en que la melodía de la voz dejaba un espacio de silencio se podía escuchar el murmullo, casi como un zumbido, de los parlantes que se encontraban en la otra orilla.

 

Para el escritor Pascal Quignard, en su libro El odio a la música, el silencio no se define por la falta de sonido, más bien por el estado atento del oído; aquí ocurría lo mismo, pese a que el silencio no rodeaba a los músicos, ni a los espectadores, era necesario refinar la escucha para dejar que el vislumbre de la voz de Paola y más aún de la guitarra de Mauro sobresalgan del ruido de ambiente. A veces pasaban cerca vendedores con su carrito de helado, o vendedores que ofrecían agua, seguramente atraídos por la agrupación de tantas personas. Su voz era a veces aún más fuerte que el canto de Paola o de Mauro, que en algunos temas, además de tocar la guitarra, hacía segundas voces.

El segundo y tercer tema del recital fueron grabados por los camarógrafos, se acercaron a otro chico y a mí para pedirnos que en estos dos temas no tomemos fotografías. Lo que me permitió convertirme en un espectador más, a mi alrededor chicas y chicos cantaban en voz baja, casi murmurando, susurrando, trataban de no sumarse al ruido de fondo que amenazaba el recital, cantaban y afinaban el oído. Fueron llegando otras personas, unas se sentaban, otras se quedaban paradas, tal vez no conocían a ninguno de los músicos, la música y el ambiente que se había creado podrían haberlos atraído. Uno de los camarógrafos estaba cerca de los músicos, además de grabar primeros planos y planos detalle tenía un micrófono sobre la cámara, la otra camarógrafa se paseaba por entre la multitud, posiblemente encargada de planos generales y de los detalles de los espectadores. Chicos se hablaban al oído, otros se quedaban absortos frente a la música, con los ojos atentos a cualquier movimiento de Paola y de Mauro, también estaban los que sacaban su celular para grabar parte de las canciones.

Al finalizar estos dos temas, Paola se presentó y presentó a Mauro, por si había llegado alguna persona que no los conocía. Se dirigió al público y les dijo que tenían la oportunidad de pedir alguna canción en especial, algunos, un poco tímidos, pidieron un par de canciones más de Paola. Cada vez más la guitarra y la voz se podían escuchar con más facilidad, tal vez por que el ambiente entre los músicos y el público se había relajado o por que los asistentes hacían más silencio para lograr escuchar mejor los temas que tanto les gustaban, como Los Ojazos de Mi Negra, tema del primer disco de Paola, una adaptación de un tango. Un colibrí pasó volando sobre la cabeza de los asistentes, a unos metros de Paola y Mauro, como si las personas que se encontraban allí, la voz de Paola y la guitarra de Mauro se hubiesen convertido en parte del paisaje; sin miedo revoloteó y se suspendió en el aire varias veces hasta que salió volando hacia las copas de uno de los árboles que acogían con su sombra al recital.

Al despedirse Paola habló del proyecto solista de Mauro y dejó el escenario improvisado. Mauro se quedó sentado y comenzó a cantar y tocar. El silencio, en este último set de canciones, fue aún más necesario, el tono de voz de Mauro era un poco más sutil que el de Paola, el susurro de los asistentes casi ya no se escuchaba, Mauro se encontraba solo frente a las personas que lo rodeaban, sobresaliendo del ruido de ambiente del parque con la ayuda de su mano derecha en las cuerdas de la guitarra y su voz. Decidí tomar solo unas cuantas fotos, era mi primera vez en un concierto del proyecto solista de Mauro, aunque había escuchado los temas que salieron recientemente y visto el videoclip de Sangre Viva que salió hace un mes, no había asistido a los conciertos recientes que hizo en el Ananké y en El 1865 Museo de Rock.

Asistir a un recital en el que el músico no está conectado a ningún tipo de amplificación es como acercarse al compositor, más que al intérprete, llegar a la habitación en el que las ideas fluyen en un tiempo diferente, en el que su voz y su guitarra están solo al servicio de la creación musical. La interacción de Mauro con los asistentes fue un poco más fría que la de Paola, ella trataba de mirar a su alrededor, incluso habló con una niña pequeña y le preguntó su nombre. Mauro estaba totalmente abstraído en la interpretación de sus temas, como si estuviese caminando entre la niebla, la selva y la soledad sin rumbo fijo, como lo cantaba en su tema Sangre Viva. Atraía al público a ese estado, el silencio y el detalle de la escucha se hacían cada vez más profundos junto con el esfuerzo de escuchar cada nota que emitía la guitarra.

El recital llegó a su fin, Paola volvió al escenario improvisado y algunos de los asistentes comenzaron a pedir, seguro porque vieron a Felipe, que cantase Los Zanqueros, tema de La Máquina Camaleón en el que colaboró. Paola llamó a Felipe, los asistentes comenzaron a pararse y a sacar sus celulares, el círculo del escenario se hizo de repente más pequeño mientras los tres músicos comenzaron a interpretar la canción. Felipe, como buen frontman, pese a que estaba sentado se dirigió a todos los espectadores, movía sus manos, veía al cielo, sacó el celular, mientras Paola y Mauro se miraban con complicidad; Paola, antes de empezar, había dicho que era la primera vez que realizaban este experimento. Esta vez los asistentes cantaron junto con los músicos sin el temor de esconder sus voces. El recital improvisado acabó cuando terminó esta canción, las personas poco a poco se fueron dispersando, hubo varios grupos que se quedaron para pedir fotos y videos a los músicos.

Ese lugar del parque fue retomando su aspecto habitual, Paola agradeció a sus amigos, me di la vuelta y escuché que un chico que estaba sentado susurraba: “Quizás, Paola. Vamos, Paola”, pedía un último tema del primer disco de la cantante. El agua de la laguna se reflejaba en los troncos de las palmeras de la otra orilla; recogí mis pasos, volví a cruzar los puentes, esta vez sin ninguna cortina de gotas de agua en mi rostro, me encontré con otra presentación musical de una saxofonista y una percusionista, pero decidí volver a casa.

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